
Ha muerto Robert Redford y –además de Memorias de África– uno siente la tentación de volver a ver, una vez más, Todos los hombres del presidente, la película en la que interpreta al reportero Bob Woodward en su afán por descubrir la verdad del caso Watergate. El tesón de dos jóvenes periodistas, el apoyo incondicional de un director de periódico y la independencia de una editora valiente en el Washington Post lograron destapar y denunciar el espionaje a los demócratas por parte de la Administración Nixon: un capítulo fundamental para la mitomanía de cualquier periodista. También lo es para cualquier apasionado por la política. Ha pasado medio siglo, y es al recordar aquel episodio cuando asalta una pregunta crucial en este tiempo: ¿Aún importa la verdad?
Estos días vemos casos que ilustran con crudeza lo que Hannah Arendt advertía: la verdad se vuelve incómoda y peligrosa para el poder, pero es imprescindibile para la libertad. En Gaza, por ejemplo, además de un genocidio sanguinario que nos avergonzará en el futuro y que pondrá a cada cual en su lugar de la Historia, se está llevando a cabo una práctica sistemática de destrucción de la verdad. Es lo que hace el Gobierno ultraderechista de Israel cuando acompaña su guerra inhumana con narrativas que eluden, ocultan o manipulan los hechos a base de testimonios borrados, vídeos censurados, ataques disfrazados de errores o el impedimento a los periodistas de informar sobre el terreno.
Asimismo, tras el condenable asesinato del activista americano Charlie Kirk, las redes sociales se inundaron de falsedades mucho antes de que la realidad pudiera aclarar lo sucedido. No importaba la verdad. El descrèdit de la realitat, lo llamaría Joan Fuster. Aún importa menos para el presidente Trump, que en su red social –paradójicamente llamada Truth: verdad– se encargó de acusar a la izquierda como responsable del asesinato. Los hechos desmintieron, pero qué importa si impone su relato como argumento previo para cercenar la libertad de expresión y de disidencia.
¿Qué importa la verdad cuando el presidente Macron se ve obligado –por surrealista que parezca– a presentar unas pruebas científicas que demuestren que su esposa Brigitte es una mujer ante una vomitiva campaña de mentiras y difamaciones?
Y aquí, entre nosotros, ¿qué más da el fundamento científico de aquellos que atacan el valenciano e intentan atrasar las manecillas del reloj más allá de la caverna tardofranquista, cuando en nuestros manuales –en plena dictadura– aparecía con naturalidad la realidad lingüística?
¿Dónde queda la verdad cuando, en la Comunitat Valenciana, aún no sabemos, casi un año después, qué sucedió realmente en las horas más oscuras de nuestra historia reciente? ¿Cuántas versiones distintas –cuántos intentos burdos de esconder la verdad– ha dado quien mayor obligación ética tiene de decir la verdad? La mentira –que es el reverso de la verdad– ahonda el dolor de las familias. Seguirá cavando más profundo el pozo de la indecencia. Seguirá aumentando la indignación de la inmensa mayoría de la sociedad valenciana, que merece la verdad. Se acerca el 9 d’Octubre y eso sería lo mínimo exigible. Ni discursos ni premios. La verdad. Porque lo que está en juego no es solo la credibilidad de una institución como la Generalitat y la Presidència. Está en juego la salud democrática de todo un país.
Ya lo mostraba aquella película de Robert Redford sobre periodistas y políticos: en una democracia madura, la verdad no puede ser rehén del interés partidista. La política debe respetar los límites. Y la primera frontera es la verdad. La verdad no se vota. Se investiga, se argumenta y se demuestra. Es cierto que a veces hay verdades, como a veces hay razones. Nunca he sido partidario de las categorías absolutas: recuerdan demasiado a los totalitarismos. Pero desazona contemplar el relativismo con el que tantos actores públicos enfocan ese requisito básico, ese mínimo común democrático: respetar la verdad.
Kapuściński tituló uno de sus libros imprescindibiles con una frase lapidaria: “Los cínicos no sirven para este oficio”. Ni para el periodismo, ni para la política. Ni para la democracia. Puede que la verdad no gane elecciones en estos tiempos de populismo y algoritmo gritón, pero sin verdad no hay memoria ni ni futuro. (Se ha demostrado, esta semana, con la sentencia del Supremo que por fin da la razón al catedrático de la Universidad de Alicante Juan Antonio Ríos Carratalá en su empeño por sacar a la luz toda la verdad acerca de la farsa de juicio que tuvo Miguel Hernández en el franquismo. Hay olvidos a los que no se tiene derecho. Por ejemplo, el nombre de aquellos hombres que condenaron al poeta de Orihuela. Y con esta sentencia, gana la memoria del poeta y gana la libertad de investigar, crear y enseñar).
Es la verdad. Y por eso importa. Porque es el único nexo entre la ciudadanía y sus gobernantes. ¿Qué diálogo puede edificarse sobre las mentiras? ¿Qué legitimidad tienen las instituciones que las instrumentalizan? ¿De qué sirve el marketing político, las consignas y el argumentario cuando rellenan un vacío ideológico?
Sí, claro que importa la verdad. No sé cuál es su traslación a las urnas. Sin embargo, de lo que sí estoy seguro es de que el imperio de la mentira solo abona los dominios de la confusión, que es el alimento del autoritarismo y de sus hooligans. Por eso, en los países avanzados, en España y –sobre todo– en la Comunitat Valenciana, es urgente restaurar la verdad como una tarea compartida por las instituciones, los partidos, los medios de comunicación y la ciudadanía crítica.
Si la verdad queda arrinconada, si hasta llega a ser molesta, entonces hay que hacer como Robert Redford en Todos los hombres del presidente: bajar a un garaje oscuro a buscarla o llamar a tantas puertas como haga falta. No para derribar al Nixon de turno, no, sino para algo mucho más importante: proteger la democracia que sustenta nuestra convivencia.
Ximo Puig, Levante-EMV, 20-9-2025