Una de las frases que más recuerdo del añorado Ernest Lluch es cuando decía que sin política solo queda el conflicto. Veo demasiado conflicto a nuestro alrededor. Hoy es 9 d’Octubre, un día para celebrar la unión que los valencianos conseguimos forjar hace ocho siglos bajo la visión política de Jaume I y que alcanzó su plenitud con el autogobierno democrático del Estatut. No era fácil mantenernos juntos en una tierra tan alargada y diversa. No era fácil para una sociedad que ha transitado por guerras, dictaduras y reveses extraordinarios. Hace cinco años, la pandemia. El pasado otoño, la dana. De esas inundaciones hemos salido tocados. No solo por las 229 vidas rotas y el dolor de miles de familias, con el que tanto ha empatizado el pueblo valenciano y la sociedad española. Hemos salido tocados, también, por la fractura de la convivencia. Eso es lo que hoy me preocupa.
En estos tiempos de fragmentación, cuando todo parece dividirnos y cada diferencia se convierte en una trinchera más en un mapa emocional lleno de heridas abiertas que tardarán en cicatrizar, conviene recordar que no hay ningún futuro posible sin un proyecto compartido.
Sin un horizonte compartido –sin un relato común– estamos condenados a deshilacharnos en identidades aisladas y enfrentadas que desemboquen en el peor mal de este tiempo: las burbujas individuales.
Una sociedad democrática no se sustenta únicamente en instituciones, elecciones, leyes, derechos y libertades. Todo eso es necesario, sí, pero no suficiente. La vida democrática en sociedad requiere también de un sentido de pertenencia común, de una historia compartida, de un futuro imaginado. Esto último –que tanto inspiraba al histórico fundador y director de esta cabecera, Teodor Llorente– es la clamorosa ausencia que hoy percibo.
Hay que reconstruir el “nosotros” valenciano. Algunos intentan devolvernos a identidades monolíticas basadas en el enfrentamiento y en supuestos enemigos que tienen más de fantasmas que de realidad. Es un camino errado. Por ahí ya nos hicieron transitar hace décadas y los abismos de aquel acantilado los conocemos de sobra. El peligro actual es que si fracasa el relato común que nos ha unido –y que explica por qué decidimos vivir juntos a pesar de nuestras diferencias– aquello que queda es el vacío. Y en ese vacío arraigan y crecen los populismos identitarios, el enfrentamiento entre “nosotros” y “ellos”. Ahí, cuando cada facción o bandería se encastilla en su verdad, cuando cada identidad reclama ser el único centro, la posibilidad de una vida en común se diluye. Ese es el riesgo.
La Historia enseña que a las grandes crisis puede sucederles una epidemia de desconfianza que amenace las instituciones. Aquí, debido al colapso ético y de responsabilidad institucional, existen sobrados motivos para la decepción. Sin embargo, la antipolítica no puede ser la respuesta. Somos seres políticos. Sin política solo queda el conflicto. La ley de la selva, el sálvese quien pueda. Por eso, en mi opinión, el autogobierno valenciano afronta su reto más difícil en cuarenta años: que la mayor parte de la ciudadanía vuelva a creer en la utilidad pública de la política autonómica, que vuelva a asumir que la Generalitat Valenciana está al servicio del bien común y es eficaz para propiciarlo, y que la Comunitat Valenciana es una convocatoria común, de norte a sur. La desafección latente desde el 29 de octubre, que lejos de disiparse se asienta cada día más, solo se combate con la fuerza de los hechos y con una posición moral que empiece por desinstalarse de la mentira y alinearse, de una vez por todas, con algo bien sencillo: la verdad.
Al mismo tiempo, también urge superar esta disfunción democrática donde el acuerdo parece imposible. Donde no hay incentivos electorales, mediático o sociales para el pacto. No hablo de unanimidades, sino de un compromiso compartido con un proyecto en común que dé sentido a lo que hacemos juntos. Me refiero a intangibles básicos como la unión en la diversidad, la justicia social como base del consenso o el impulso hacia la modernidad sin regresiones trasnochadas. Me refiero también a la importancia otorgada a la gestión.
Tal vez la gestión no desata la viralidad ni genera un excesivo interés. Es laboriosa, lenta, compleja. A veces incluso es ingrata. Y hasta aburrida, en ocasiones. Pero es, sin lugar a dudas, la dimensión decisiva de la política. Cuando la gestión falla, las consecuencias no son simbólicas: son reales, son dolorosas y a menudo son irremediables.
No hay ideología que justifique la incompetencia. La responsabilidad de gobernar es, ante todo, un compromiso con la vida de las personas. Con su seguridad y su bienestar. La política no puede reducirse al enfrentamiento y el exabrupto para el clickbait. Si dejamos que el ruido y la frustración lo copen todo, no habrá espacio para aquello que nos aleja del conflicto: la política que busca el acuerdo, la gestión competente que hace avanzar un proyecto compartido.
Ximo Puig, Las Provincias, 9-10-2025