
Sucedió el otro día en el metro de València. Un grupo de estudiantes de Bachillerato viajaba con su profesor en un vagón. Mientras los jóvenes se entretenían con su teléfono, el docente les arengó: “Menos mal que tenéis más de 16 años. Si no, el Perro Sánchez os quitaría el móvil”. Un profesor.
¿A quién insultamos hoy? Esa parece la consigna que domina cada mañana el debate público. Como si se tratara de una rutina más –el café, los titulares, el tráfico, el tiempo…–, asistimos a la elección cotidiana de un viejo-nuevo enemigo al que acosar, difamar o despreciar. Basta abrir el teléfono para comprobarlo: alguien ha sido convertido en diana antes incluso del primer sorbo de café. Y lo más inquietante no es que ocurra, sino que ya no nos sorprenda. Lo hemos metabolizado. Como el café.
Hemos normalizado el insulto hasta el punto de integrarlo en el paisaje político diario. El insulto, como fenómeno estructural, se ha instalado en el corazón del debate político y mediático, y desde ahí se ha expandido a la sociedad hasta penetrar en un profesor que viaja en el metro con sus estudiantes una fría mañana de invierno. Cuando la política degrada el lenguaje, la sociedad acaba respirando ese mismo aire viciado.
En este proceso, las redes sociales han jugado un papel determinante. Lo que nació como un espacio de conexión global se ha transformado en el gran insultódromo contemporáneo. Las redes son, en muchos sentidos, el Chernóbil de la mala educación: una radiactividad silenciosa pero constante que está contaminando la conversación pública y degradando nuestra forma de relacionarnos.
Ahí están los grandes macarras de la moral de nuestro tiempo. Elon Musk, convertido en una suerte de monarca absolutista tecnológico, practica una concepción pervertida de la libertad de expresión que ha amplificado el espacio para la descalificación, la agresividad y el fanatismo que cercena la libertad. O Donald Trump, último emperador del mundo, que ha hecho del menosprecio arrogante su modus operandi como en aquel show televisivo que lo catapultó a la fama. Trump ha insultado a periodistas, a adversarios políticos, a gobernantes extranjeros, a instituciones y también a artistas, como esta semana ha hecho con el cantante Bad Bunny. Todo vale. Sin límites. Sin complejos, ¿recuerdan?
El insulto es solo la manifestación más llamativa de una corriente más profunda: la falta de respeto. Faltar al respeto es negar al otro. Es decirle que no merece consideración, que su voz es prescindible, que su mera existencia resulta molesta. Es la negación de la otredad.
Hemos pasado de la voluntad de perfeccionar nuestra convivencia en sociedades cada vez más diversas, a la dificultad de tolerar la mera coexistencia. El diferente ya no es un interlocutor, sino un adversario al que desacreditar. A veces, incluso, alguien a quien expulsar simbólicamente del universo común. El migrante, el que piensa distinto, el que vota otra opción, el que cuestiona nuestras certezas. La lógica es inquietantemente simple: si no es como yo, molesta y sobra. Para ello, legitimemos el insulto. Como el aspirante a presidente que avalaba una campaña tildando al actual de hijo de puta. Años después aparece un profesor que, en público, lo llama perro ante sus estudiantes. Todo tiene sus efectos.
Así sucede con una de las grandes trampas de los trileros del algoritmo. Bajo una apariencia moderna y disruptiva, los tecnolibertarios que dominan el far west de las redes están proponiendo una idea de libertad desligada de cualquier responsabilidad colectiva. Una libertad sin reglas, sin mediaciones, sin instituciones que ordenen la vida común. Una libertad prostituida, banalizada. Una libertad sin civilidad.
Nos dicen que cualquier límite es censura. Que toda regulación es sospechosa. Que el Estado es poco menos que un obstáculo para la verdadera libertad. Pero esta supuesta emancipación encierra una paradoja: cuando desaparecen las normas que protegen a todos, los únicos verdaderamente libres son los más fuertes. O los que manejan las reglas del juego. Ellos. Tú no.
Por eso esta apelación tramposa a la libertad absoluta es una estafa. Una triquiñuela que manosea y envilece un concepto tan noble que fundamentó, desde la Ilustración, nuestra manera de soñarnos como individuos y como sociedad. La libertad no consiste en poder insultar sin consecuencias ni en imponer la propia voz a base de ruido. La libertad exige ética de la responsabilidad, conciencia del otro y compromiso con el bien común.
Me vienen a la memoria dos recuerdos nada anecdóticos. Uno lo leí, el otro lo viví.
Fernando de los Ríos, promotor del humanismo socialista que fue profesor de Federico García Lorca y ministro de la Segunda República, fue desginado por el PSOE como enviado a Moscú en 1920 para explorar su adscripción o no a la Tercera Internacional. Al preguntarle al camarada Lenin cuándo permitiría su Gobierno de los Soviets la libertad de los ciudadanos, Lenin le respondió: “¿Libertad para qué?”. Ahí entendió la deriva autoritaria del comunismo soviético y alejó de él al socialismo español. Fernando de los Ríos le contestó a Lenin: “Libertad para ser libres”.
¿Qué lejos queda esa ansia sincera de libertad –siempre aparejada a la igualdad– de la falsa libertad de estos impostores de la moral?
El hecho que viví me impactó por su crudeza. Estábamos de viaje oficial en China. Al cabo de unos días, cuando ya habíamos trabado una cierta relación de confianza, me atreví a preguntarle a la joven intérprete oficial que nos acompañaba a todos los sitios si no echaba en falta la libertad. Ella, mirándome perpleja, me respondió que no entendía por qué le preguntaba eso. “Ahora ya somos libres”, me dijo. “Podemos comprar lo mismo que vosotros”. Se sentía libre porque podía elegir qué compraba.
El tecnolibertarismo, llevado al extremo, se parece demasiado a esas miradas aberrantes o manipuladas de Lenin o de aquella joven china. El tecnolibertarismo es la forma sofisticada de disfrazar el “sálvese quien pueda”. Es el territorio del no-Estado, de la no-política, de la desvinculación emocional con la comunidad. ¿Y cómo se sostiene así una sociedad? ¿Es posible?
Como esta misma semana pude compartir en Sevilla con alumnos de Relaciones Internacionales en la Universidad Pablo de Olavide –un ilustrado perseguido por el fanatismo de su tiempo–, las redes sociales están mecidas por el algoritmo de una mano nada inocente. Una mano extremista con intereses en laminar el Estado y todo lo público. Una mano adosada impúdicamente al business para quien la polarización resulta rentable y la confrontación, un modelo de negocio. Una mano que, además, mercadea con el odio, la mentira y la manipulación, y que no duda en interferir en procesos democráticos o en vocear discursos ultras que fracturan la convivencia.
No se trata de temer o frenar al progreso tecnológico, sino de gobernarlo desde la democracia. Embridar a la fiera que hoy anda intoxicando el ambiente no es un gesto autoritario; es un acto en defensa propia de las sociedades libres. De la libertad. Del respeto.
Ximo Puig, Levante-EMV – 15-2-2026