¿Se muere la democracia?

“Se espera que la lluvia pase. Se espera que los vientos lleguen. Se espera. Se dice. Por amor al silencio se dicen miserables palabras. Un decir forzoso, forzado, un decir sin salida posible”. [“Palabras”, de Alejandra Pizarnik]

Hace cincuenta años moría el dictador, comenzaba a clarear tras la llarga nit y renacía la democracia española, segada en 1936 por la fuerza bruta de las armas y el furor de la palabra incendiaria. En aquellos años frenéticos de la Transición, la democracia era un horizonte de esperanza. Una vez conquistada la creímos para siempre. Después cayó el Muro de Berlín. El mundo parecía encaminarse hacia una expansión imparable de la libertad. Fin de la historia, se atrevieron a predecir algunos con adanismo de ajedrecista que quiere ver el jaque mate a todas las luchas. El optimismo se abría paso en el planeta entero. Era cuestión de años que fueran cayendo las últimas dictaduras. Hoy, sin embargo, al cabo de medio siglo de nuestra reincoporación a la democracia, esa convicción se tambalea.

La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿se muere la democracia?

Estos días, el New York Times publicaba un editorial especial. Alertado por la deriva antidemocrática en la que el trumpismo está sumiendo a los Estados Unidos en apenas un año, el consejo editorial del Times ha compilado una lista con 12 indicadores de erosión democrática. Doce cuestiones que miden el giro autocrático de una sociedad. Algunas reverberan estos días en nuestra realidad más cercana tras estos dos años que dejarán una profunda cicatriz en nuestra calidad democrática.

Dice el Times: Un autoritario evita el Legislativo. A veces –qué pereza– hay que recordar lo obvio. Se llama autogobierno. Los valencianos nos gobernamos a nosotros mismos en nuestras competencias. Pero los valencianos ya no elegimos a nuestro president. Lo decide Madrid. Más concretamente: el líder nacional –¿hay otro?– del partido de la extrema derecha. Él será quien bendiga y decida a nuestro president. Lo lógico –lo democrático– sería votar en unas nuevas elecciones. Es la forma más sana de curar la herida y sellar el trauma tras la dana. Pero se ha preferido evitar la consulta democrática. Incluso la voz de las Corts. No será aquí donde se decida quién es nuestro president. Una ofensa más en esta cadena calamitosa de retrocesos democráticos y desprestigio institucional.

Dice el Times: Un autoritario usa el poder para obtener beneficios personales. En una secuencia kafkiana de los hechos que pasará a nuestro lado oscuro del autogobierno hay un detalle siniestro. La dimisión del president, que no ha sido sincera porque no ha habido asunción sincera de responsabilidades, no ha ido acompañada de la renuncia al acta de diputado. ¿Es higiénico para nuestra democracia que todos los comentaristas políticos y el conjunto de la ciudadanía entienda que la finalidad es conservar el aforamiento y, de ese modo, evitar ser juzgado por la juez de Catarroja? Es un paso más hacia el descrédito de la política institucional y de un mecanismo que, en su sentido original, nace para proteger la función de los representantes democráticos, no a ellos.

Dice el Times: Un autoritario sofoca la disidencia. Es difícil comprender cómo las 229 víctimas de la dana y sus familias han sido vistas como “disidencia” por parte de las autoridades valencianas. Cuesta mucho entender cómo se llega a un grado de deshumanización semejante. Cómo se revictimiza a quienes han sufrido una desgracia de esta dimensión. Pero así ha sucedido aquí. Como antes ya ocurrió con el accidente del metro de València, el Yak-42, el 11-M y tantas otras desgracias colectivas. Por eso, resulta insultante que dirigentes públicos valencianos y altos cargos se permitan difamar, acosar y mentir a las víctimas de la dana. Que las entiendan como disidencia por el simple hecho de pedir verdad, justicia y reparación. Que las combatan como si fuesen el adversario. Yo estuve en el funeral de Estado. Sentí dolor. También vergüenza institucional. Al volver a casa me acordé de esa sensación tan única, tan vívida, que acontece cuando pierdes a un familiar y regresas del cementerio o del tanatorio. Me acordé de esos padres, madres, hijas y amigos que al llegar a sus hogares se reencontrarían con el vacío de la ausencia. El tiempo no lo cura todo. El tiempo solo pasa. Y algunos, un año después, aún son incapaces de mostrar la empatía que toda la sociedad española ha tenido con las víctimas de la dana. Por qué. Qué pena.

Dice el Times: Un autoritario vilipendia a los grupos marginados. ¿Qué catadura moral puede tener un futuro Consell cuando su sostén principal, los populistas con bandera en la pulsera y odio en las entrañas, anuncian que su prioridad van a ser los menores migrantes? Y no para ayudarlos, integrarlos o darles un futuro. El grupo más débil de la sociedad va a ser –aún más— vilipendiado por las instituciones valencianas. Es la base del populismo: crear un fantasma. Un enemigo. Cebarse con él. Sin piedad. Sin razones. Azuzando los miedos y las más bajas pasiones. Aprovechando las debilidades que tienen otras causas que no se quieren o no se saben abordar. 

Porque la raíz de esta crisis general de la democracia no está solo en los populismos. Está también en la desconfianza creciente hacia la política. Muchos ciudadanos sienten que votar sirve cada vez menos para mejorar sus vidas. Eso va vaciando de crédito a la política. La secuencia es conocida: Primero se degrada el debate público, luego se instrumentalizan las instituciones, más tarde se normaliza el desprecio por el adversario y finalmente queda una conversación pública regida por el insultódromo de las redes sociales y permeada de desinformación. 

La democracia no se muere sola: en todo caso, la dejamos morir cuando renunciamos a ella. Cuando aceptamos el discurso del “todos son iguales” o cuando somos incapaces de levantar una alternativa de esperanza. 

Hoy, lo más radical es ser demócrata. Lo más progresista es defender la democracia. Porque la democracia no es solo votar. Es tener escuelas, hospitales, residencias, centros para la discapacidad o protección para mujeres acosadas por el machismo. La democracia es el derecho a la esperanza: por eso nunca morirá la democracia si hay esperanza. 

Podemos, como lamenta Pizarnik, esperar a que la lluvia pase y a que los vientos lleguen, sin salida posible. Pero también podemos sacar el paraguas y echarnos a andar. En esas estamos cincuenta años después. Cruzando otra noche. Buscando el alba.

Ximo Puig, Levante-EMV / 16-11-2025

https://www.levante-emv.com/opinion/2025/11/16/muere-democracia-123723583.html